Viajes y consulados


Gabriela Mistral, desde el día mismo que sale de Chile con destino a México y, luego, hacia otras “patrias adoptivas del mundo”, andará no sólo en una permanente tarea educativa y literaria muy suya, sino también cumpliendo tareas de una permanente representatividad consular en Madrid, Lisboa, Niza, Petrópolis, California, Veracruz, Nápoles, Nueva York (“los cónsules aceptamos con gusto los hábitos de la extranjería, porque ya no diferenciamos al blanco del mongol, al oriental del occidental, dando así razón al Cristo unitario que predicó para semitas y greco-romanos”). O participando activamente en congresos, paraninfos universitarios y organismos internacionales, en los cuales dictará documentadas e ilustradas conferencias sobre la geografía, la historia y las gentes de Chile, siendo fiel “a una pasión patria a fin de que la calidad salte de un territorio y de una raza”.

Hacia los días finales de julio de 1922, Gabriela Mistral llega a México, a contribuir en los asuntos y reformas educacionales, en un país que reordenaba su vida republicana después de una revolución. Por iniciativa del gobierno del Presidente Álvaro Obregón, es invitada oficialmente a permanecer en tierra mexicana “por todo el tiempo que sea necesario, para que usted sature este ambiente con los dones de su noble espíritu”. La maestra chilena, que ejercía como directora de un liceo santiaguino, se despide de Chile para ya no regresar sino en sólo tres oportunidades (1925, mayo 1938, septiembre 1954) durante sus muchos años de residencia en la extranjería.

Esta “chilena errante”, como se define Gabriela Mistral, se identifica vivencialmente con un México al cual quiere servir todo el tiempo posible. Escribir no sólo versos y prosa escolar para los cantos de las escuelas mexicanas, sino algo más: ayudar al ministro de Educación Pública, el filósofo José Vasconcelos (a quien llama “un hombre del México moderno”) en la organización de las escuelas indígenas, labor que le interesa profundamente. Maravillada del paisaje de la meseta mexicana y de la gente dulce y laboriosa que la rodea, le escribe a su amigo, el educador y político chileno Pedro Aguirre Cerda (muchos años antes que éste llegara a la Presidencia de la República de Chile): “Yo no sé cómo expresar mi agradecimiento hacia un país que me ha cogido como una criatura de su raza y en ningún momento me ha hecho sentir la nostalgia de los míos”.

Después de haber colaborado en aquellos programas educacionales, Gabriela Mistral deja México (“ha sido una honra para esta pequeña maestra chilena servir por un tiempo a un gobierno extranjero”), regresando por algunos meses a Chile (1925). Sin embargo, tan pronto llega, sale otra vez, y ahora de manera definitiva del país natal. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile la designa consejera en el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual (organismo de la Sociedad de las Naciones), con sede en París. Gabriela Mistral deja la ciudad de La Serena, donde cuidaba de su madre y cultivaba un huerto casero, “en una errancia de vagabunda voluntaria”, como dirá ella misma.

Su labor en dicho Instituto Internacional es más bien técnica, “un poco estadística, con utilidad a la larga, algo burocrática, pero seria y humana”, señala, describiendo sus funciones, pero, al mismo tiempo con cierta quejumbre y dificultades económicas, que supera escribiendo artículos para distintos periódicos de América Latina, toda vez “que los sueldos que paga la Sociedad de las Naciones son decorosos sólo en Ginebra; por vanidad francesa este instituto quedó costeado por el gobierno francés y el resultado ha sido unos sueltos calamitosos”.

De consejera, al año siguiente (1927) pasará a ocupar el cargo de delegada de Chile en el mismo organismo, en reemplazo del escritor chileno Joaquín Edwards Bello. “Cada país europeo o americano –dice Gabriela Mistral– ha designado un representante con el nombre de delegado. No son funcionarios, pero tienen cierta fuerza moral en el instituto. El trabajo de información, en lo referente a nuestros países americanos, lo hago yo casi enteramente. El nuevo nombramiento no me recarga de labor, sólo me allega más derecho para tratar las cuestiones de Chile”. 

En colaboración con otros miembros del instituto funda la colección de Clásicos Iberoamericanos, creada para familiarizar al público de habla francesa con los principales escritores latinoamericanos mediante traducciones de sus obras más representativas. La consejera chilena propone traducir obras del cubano José Martí, del puertorriqueño Eugenio María de Hostos y del nicaragüense Rubén Darío, además de un volumen acerca del folclore chileno, con sus mitos, leyendas y costumbres.

Desde París viaja permanentemente a Ginebra (Congreso de Protección a la Infancia) y a Roma (Instituto de Cinematografía Educativa), para asistir a reuniones de trabajo o para dictar conferencias. “Todo esto requiere tiempo, tranquilidad y aislamiento. Y no tengo ninguna de las tres cosas. Sin embargo, estoy contenta”. Con ese contentamiento, “y en torno a una lengua extraña rebotándome en la pobre oreja”, celebra sus 40 años de edad en un abril de 1929.

Durante el gobierno de Juan Esteban Montero (1932), y con la firma del propio Presidente de la República, se le nombra “cónsul particular de elección de Chile”, designándosele prestar sus servicios en Nápoles (Italia). Es la primera mujer chilena nombrada para un cargo consular. Nápoles es el lugar que ella deseaba, toda vez que el clima italiano se aviene con su temperamento y sus gustos. Sin embargo, no puede asumir sus funciones por causa del régimen fascista que impera en Italia. Dirá Gabriela Mistral: “Me vine a Nápoles, nombrada cónsul de Chile. El bello régimen medieval no acepta a las mujeres en estos cargos y negó el exequátur, por eso u otra razón”.

Su nombramiento consular sigue vigente, y será Madrid su destino próximo. La autora de Desolación ya se había conocido una España que se caminó afanosamente –siguiendo la huella de Teresa de Ávila, la monja fundadora vagabunda voluntaria– en los primeros años de la década del veinte. Nada le fue ajeno entonces en una deslumbradora relación con el territorio, las gentes y la literatura de dicho país. Ahora, su “vagabundaje” adquiría la dignidad de un cargo consular “en la España que más quiero”, como bien señalaba ella, agradecida de tal designación. Y, a su vez, la prensa madrileña, a páginas abiertas, le daba el rango de “embajadora espiritual de la América española”. Recuérdese, también, que fue precisamente un español, Federico de Onís, profesor en la Universidad de Columbia y en el Instituto de las Españas de Nueva York, quien tuvo la visionaria iniciativa de publicar Desolación en 1922, el primer libro de la poetisa y maestra chilena.

“Yo tengo toda buena voluntad para servir a Chile en España”, dice Gabriela Mistral al asumir su cargo consular”. Voluntad que no sólo queda en una frase, sino que se cumple fielmente. Escritores, intelectuales y poetas españoles (Miguel de Unamuno, Ramiro de Maeztu, Juan Ramón Jiménez) la admiran y respetan en frecuentes conversaciones y tertulias. Además de su cargo consular, dicta conferencias sobre Chile en universidades e instituciones culturales de Madrid o en Barcelona (“yo ando por las ramblas con la nostalgia de las ciudades viejas”); Mallorca (“yo me siento mujer mallorquina desde las faldas de las mujeres hasta la torcedura del olivo”). En Málaga habla sobre Chile –“el país inédito”, como lo llama– describiendo su territorio: “Han dado a Chile los comentaristas la forma de un sable para remarcar el carácter militar de su raza. Mejor sería darle forma de un remo. Buenos navegantes somos en país dotado de inmensa costa”.

Tampoco descuida ni olvida las costumbres e idiosincrasias nacionales ni la celebración de un 18 de septiembre (1934). Haciendo chilenidad, escribe un notable texto prosístico, casi inédito hoy, sobre nuestro festivo baile típico: “Cuando septiembre nos devuelve los días buenos y en las lonjas de viña o de trigo, la vendimia o la trilla, se quiebra el invierno, la cueca comienza a hervir en nosotros como un mosto; la cueca va y viene en la luz de los valles lo mismo que las lanzaderas que corren a lo ancho del telar. La cueca tiene doble entraña y doble índole porque la bailan hombre y mujer, y a los dos, a varón y a varona, ha de complacer y manifestar. Por eso ella tiene del fuego y del aire, del reto y del acatamiento”.

Mientras tanto en Chile, y por aquellos mismos meses, el Senado de la República (17 de septiembre, 1935) despachaba la ley especial, solicitada por el Presidente de la República, Arturo Alessandri Palma, y su ministro de Hacienda, Gustavo Ross, que creaba el cargo consular inamovible y vitalicio para Gabriela Mistral, con un sueldo de 21 mil pesos y un sobresueldo de 15 mil pesos anuales. En el mensaje a los conciudadanos del Senado y de la Cámara de Diputados se indicaba: “Teniendo en consideración el alto prestigio intelectual que goza, no solamente en Chile y América, sino en el mundo entero, doña Lucila Godoy Alcayaga, más conocida en el terreno literario bajo el seudónimo de Gabriela Mistral, prestigio que ha sabido conquistar en sus múltiples aspectos de educadora, poetisa y mujer de letras, y que, traspasando fronteras, ha llevado el nombre de Chile a todos los países civilizados, constituyendo así, en todas partes, una eficiente propaganda de nuestro país –difícilmente igualable, por la calidad misma de quien la lleva– he juzgado conveniente y necesario corresponder en parte a lo mucho que Gabriela Mistral ha hecho por el nombre y prestigio de nuestro país”.

Al tener noticias de este nombramiento consular per vita, la autora chilena, sencilla e irónicamente, comentará: “A los 46 años de edad, es decir, después de una vida entera dada, de cerca o de lejos, a la cultura del país, tengo un cargo de cónsul de segunda clase”. 

En noviembre de 1935, Gabriela Mistral dejará España para asumir funciones consulares en Portugal (Oporto y Lisboa). En tierra portuguesa, encuentra la tranquilidad y cura para su cuerpo y su alma: “En ocho meses de Portugal me he salvado la salud y me he ganado un ánimo alegre y ligero, medio infantil, que es el mío de los buenos tiempos”. Además de sus afanes oficiales, tiene tiempo para preparar y ordenar sus poemas recientes que, luego, darán origen a su libro Tala: “Quien tenga estancia larga en Europa, véngase a estos Portugales a reponerse de su cansancio y a descubrir lo que nadie le contó: su parentesco íntimo con la criatura lusitana”, dice, admirada del escenario maravilloso en el dulce suelo y el dulce aire portugueses.

Después de una estancia de cuatro años en Lisboa y de viajes por otros lugares del mundo (Francia, Italia, Estados Unidos, Puerto Rico, Centroamérica, Cuba, Las Antillas), es designada cónsul en Brasil (Niteroi y Petrópolis), lamentándose tener que salir (1940) de “este Portugal medio-angélico, donde yo mejoraba bastante de mi mal, he tenido un año de felicidad, nada menos que de felicidad; tenía aquí tierra verde, un río precioso, mis libros, etc. He recogido aquí mi libro nuevo de versos, donde está mi trabajo de diez años; he escrito lo que era dable sobre Chile para el extranjero. Me acongoja salir de este reparo y refugio al aire tremendo de eso que llaman la diplomacia. Pero obedezco sin ningún rezongo, porque he agradecido a Chile infinitamente que, al fin, pensara en mi vida material y me alargase el pan nuestro de cada día”.

No cabe duda que nuestra Mistral, no sólo en los años vitales de su Portugal, sino antes y después, durante toda su vida, vivió alucinadoramente en saudade, lo cual significa, siguiendo su siempre fervoroso derrotero, vivir “en extrañeza de mundo”.

En Chile, el Presidente Pedro Aguirre Cerda (“el único protector de mi carrera”), y a los pocos meses (agosto de 1939) de haber asumido la Presidencia de la República, la designa enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante los gobiernos de la América Central, con residencia en San José (Costa Rica). Gabriela Mistral agradece a su muy ilustre amigo dicho nombramiento.  Por razones de salud, según dice, no acepta el cargo. Permanecerá en cambio, por algunos meses, como cónsul en Niza (Francia), aunque los aires bélicos de los inicios de la Segunda Guerra ensombrecen al mundo. La guerra influye también para pedir su traslado consular (“qué mundo el que nos ha tocado ver antes de irnos y el que tal vez nos toque dejar a los que queden”), esta vez aceptando plenamente su nuevo país de destino: Brasil.

Primero en el consulado de Niteroi (1940) y, luego, en Petrópolis, ciudad distante 75 kilómetros de Río de Janeiro: “Petrópolis tiene su derramamiento de colinas, danza desordenada; y tiene sus jardines, tantos que no hay quién los cuente, grandes percales coloreadas, cada uno lindo a su manera, muchos ejemplares, varios indecibles”. Aquí cumplirá funciones consulares hasta noviembre de 1945, mes y año del otorgamiento, por la Academia Sueca, del Premio Nobel de Literatura.

Curiosamente, meses antes de tan importante decisión de Estocolmo, la cónsul chilena enviaba un oficio al ministro de Relaciones Exteriores de Chile, fechado en Petrópolis el 30 de abril de 1945: “Señor ministro: No tengo ninguna ilusión respecto del premio que da la ilustre Academia Nobel, pero estimo y agradezco mucho el interés cordial que toma nuestro consulado en Suecia en este asunto que se relaciona con la cultura chilena más que conmigo misma. Yo no he creído ni creo que me sea adjudicado ese premio, hasta hoy demasiado europeo para que alcance a nuestras literaturas nuevas”. Sin embargo, “esta hija de la democracia chilena”, como se definió el día de la entrega de tan universal galardón, resultaba ser la primera escritora que representaba a las literaturas nuevas del continente latinoamericano.

Por otra parte, la noticia del Premio Nobel recibida en Petrópolis vino sorpresivamente a mitigar el mucho dolor que embargaba, por entonces, a Gabriela Mistral: la trágica muerte de su amigo, el escritor austriaco-judío Stefan Sweig y, luego, la de su sobrino Juan Miguel Mendoza, a quien llamaba familiar y cariñosamente Yin Yin. Deprimido por las noticias de la guerra, Sweig se suicida en Petrópolis (1942), donde vivía su exilio brasileño (“cuando hablábamos de la guerra, yo seguía en su cara, punto a punto, su corazón en carne viva e iba midiendo lo que yo podía decir, lo cual no me ha ocurrido con ningún hombre de letras”). Y, en agosto de 1943 el golpe acaso más doloroso de su vida: el suicidio de Juan Miguel, que muere de una dosis de arsénico cuando recién pasaba de los 17 años (“nunca la poesía fue para mí algo tan fuerte como para que me reemplace a este niño precioso con su conversación de niño, de mozo y de viejo”).

Aun así, sus actividades consulares y literarias la mantenían en constante ajetreo, ya inaugurando una biblioteca para escolares en una Escuela de Minas Gerais (“donde muchachos y maestros me dieron la honra de su confianza y el regalo de su cariño”) o ya bautizando con el nombre de Magallanes un avión 48B que la Compañía de Aeronavegación Brasilera adquiría para sus cuadrillas voladoras.  O ya escribiendo para la prensa de Río de Janeiro un admirativo artículo-recado sobre el nuevo embajador chileno, su coterráneo coquimbano, Gabriel González Videla (“pocas veces en mi vida he tratado a un hombre público por cuya conversación corra el río de una bondad tan genuina”). Hasta el copihue chileno importaba a Gabriela Mistral para engalanar no sólo una estampa de su escritura botánica, sino también para una fiesta patriótica (“el copihue tuvo la humorada de nacer y darse sólo allí, en la extremidad chilena, donde el globo terrestre se encoge en una última curva brusca”). Y hasta inicia un ambicioso proyecto de escribir poéticamente un libro sobre Chile en numerosas estrofas que dicen relación con la flora, la fauna, la gente y la geografía del país natal, libro que será después su definitivo y póstumo Poema de Chile (1967).

Meses después de la entrega del Premio Nobel en Estocolmo y de realizar visitas oficiales como huésped de honor por países europeos (Francia, Italia, Inglaterra), Gabriela Mistral no dejará de lado ni por un instante la representatividad de Chile –cónsul per vita– en ciudades del mundo a su elección: Los Ángeles (Estados Unidos), Veracruz (México), Nápoles (Italia) y finalmente, Nueva York (Estados Unidos).

Al hacerse cargo de su consulado californiano (junio, 1946) se radica en Monrovia, y tiempo después en Santa Bárbara. Vive en una casa que ha adquirido con el dinero del Premio Nobel: “Santa Bárbara es para mí sobre todo, un cierto airecillo que me aligera el corazón, que me lo descansa y suaviza. Ando allí sin cansarme a causa de él, ando con otro genio, ando otra. Y creo que todo eso es el cierto airecillo del mar”.

Su vida social es mínima, según ella. Trabaja, escribe (“tengo un cuadernito y copio, reviso estrofas sobre unos originales de hace años. Ya me repugnan los versos tristes”), prepara conferencias para universidades norteamericanas, ofrece recitales de su poesía, responde cartas de la más variada correspondencia que recibe después “de lo de Estocolmo”, asiste a sesiones especiales en la Unión Panamericana (en Washington), invitada por su Consejo Directivo, o en su California convoca entusiasmada a sus compatriotas residentes a una fiesta de la chilenidad un 18 de septiembre (1947): “En este día de fiesta mayor estemos con Chile, nosotros sus ausentes. Vivamos unos momentos allá en el Sur, por virtud del deseo y del amor, que bien valen para bajar la más larga escala de paralelos y meridianos…”

Un acto importante y públicamente trascendente durante su periodo consular será la entrevista en Washington con el Presidente Harry Truman. Audiencia oficial en la Casa Blanca y a la cual asiste acompañada por el embajador de Chile en los Estados Unidos, Marcial Mora Miranda, y del consejero de la embajada, el poeta Humberto Díaz Casanueva.

La Premio Nobel chilena, “en la más cordial entrevista con mandatario yanqui”, le dirá al Presidente Truman, “porque entendía yo que hablaba también con su pueblo, (…) que si la voluntad de conocernos es verdadera, si se quiere superar la información sobre los negocios en la América del Sur con la información sobre la América del Sur, si es verdad que se ha iniciado aquí una empresa mixta de averiguación física y espiritual de nuestro bloque y si de veras se procura que la palabra ‘América’ suene a totalidades y nombre lealmente como lo hace la geografía, a un continente completo, uno de los primeros pasos para semejante faena será la apertura sin visera hacia los pueblos nuestros. Lo que pedimos es no sólo ser ayudados con el dólar y la maquinaria, sino ser entendidos, sobre todo ser comprendidos”.

De su California (1948), y cargando de nuevo sus baúles consulares, bajará hasta México, país que mucho admiraba desde aquella otra primera residencia de 1922-1924, colaborando activamente en los programas escolares y en las campañas de alfabetización en las aldeas mexicanas. Ahora, veinticinco años después, llegaba como cónsul de Chile, residiendo en Fortín de las Flores, Jalapa (Veracruz). “Vuelvo a ser la vieja maestra rural que siempre he sido”, dice Gabriela Mistral al reunirse con estudiantes y maestros en las aldeas y granjas campesinas. O inaugura bibliotecas públicas (“las bibliotecas que yo más quiero son las provinciales, porque fui niña de aldeas y en ellas me viví juntas la hambruna y la avidez de libros”). El Presidente Miguel Alemán –“presidente civilizador”, como lo llama– le obsequia un terreno de cien hectáreas en Sonora. Ella se interesa por cultivar un huerto propio con frutales. “Viví en Chile suspirando por un pedacito de tierra. Nunca pude hacerlo. Anduve errante, también allá adentro de Chile”.

Dedica buena parte de su tiempo a redactar informes relacionados con su consulado. También a enviar oficios a la Cancillería chilena acerca de las más diversas y  curiosas materias, que ella creía necesarias y útiles que las autoridades chilenas conocieran: sobre reforma agraria (“y el cultivo del maíz, la caña de azúcar y el bananero, además de las cactáceas mayores y menores, que hacen el paisaje mexicano más divulgado por las fotos”); sobre riego y la campaña mexicana por el aprovechamiento de los ríos (“la dotación de agua por los ríos, hasta ayer desaprovechada, parece que sea el asunto más considerable y de mayor urgencia nacional. Ignoro lo que Chile ha hecho, en este sentido, de nuestro territorio tan amagado por los Andes y el asunto me interesa mucho por mi valle de Elqui, en el cual me crié viendo la lucha de mi gente contra la sequía”); oficio sobre turismo, oficio sobre el Día de la Madre, y hasta oficio sobre el último discurso del Presidente Alemán. Todo va al señor ministro con la firma de Lucila Godoy, cónsul en comisión, y otras veces, Lucila Godoy, cónsul en Veracruz.

No pasarán dos años y ya se despide de la tierra veracruzana (“soy un niño perdido en el México del año 50, me tengo sólo el del 22”), regresando brevemente a los Estados Unidos y, luego, embarcándose en Nueva York rumbo a Génova. Y a cumplir su nueva designación en el consulado de Nápoles (enero de 1951): “Nápoles es una especie de valle de Elqui en donde las gentes se ocupan de visitarse. He tenido y tengo siempre el hábito de recibir a quien llega al consulado o a mi casa, a tiros y a troyanos, a honestos y a ladinos. Por mi oficina me han pasado las gentes más diversas de mi país: liberales, conservadores, demócratas, comunistas...”. Entre estas “gentes diversas” está Pablo Neruda, entonces exiliado en Europa (“Lo recibo con la cortesía que se merece –chileno en grande–, más el afecto admirativo que he sentido y probado a Pablo desde que tenía 14 años. Me llegaba al Liceo de Temuco a pedirme libros. Vino más tarde conjuntamente su carrera literaria maravillosa. Viene aquí a la casa-consular suya y se le recibe con el mayor afecto y con cabal distinción”).

En su ya larga carrera consular, viajará luego a Nueva York (1953). Fija su residencia en Roslyn Harbor, Long Island. Su actividad no se detiene. Tan pronto participa como delegada de Chile en una Comisión de las Naciones Unidas sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer, como viaja a La Habana, invitada por el gobierno cubano, para participar en actos de homenaje en el centenario de José Martí (“todo es agradecimiento de Martí, del guía de hombres que la América produjo en una especie de mea culpa por la hebra de guías bajísimos que hemos sufrido, que sufrimos y sufriremos todavía”).

Al año siguiente, septiembre de 1954, invitada por el Presidente Carlos Ibáñez del Campo, visita Chile después de 16 años de ausencia. “Yo soy una chilena ausente, pero no una ausentista”, dice entonces.

Se interesa por el destino del país, por la vida de los campesinos, por una reforma agraria que con justicia pueda favorecerlos. Recibe de la Universidad de Chile un Doctorado Honoris Causa, distinción académica otorgada por primera vez. Gabriela Mistral agradece los honores definiéndose como “una simple y antigua maestra rural”. Pablo Neruda, desde la costa chilena de Isla Negra, escribe un mensaje de saludo: “Todos te recibimos con alegría. Nadie olvidará tus cantos a los espinos, a las nieves de Chile. Eres chilena. Perteneces al pueblo. Nadie olvidará tus estrofas a los pies descalzos de nuestros niños. Eres una conmovedora partidaria de la paz. Por esas y por otras razones, te amamos”. 50 mil escolares chilenos le rinden homenaje, la escuchan y la aplauden en el Estadio Nacional de Santiago. Anuncia la preparación de un largo poema que escribe sobre Chile.

Al poco tiempo de su regreso a Nueva York, su salud se resiente: problemas de visión, diabetes, “corazón malito”. Aun así, continúa escribiendo textos para su poema sobre Chile, con nuevos datos de flora y fauna que había recogido (“conversando con mi gente chilena”) durante su permanencia en tierra natal. Prepara lecturas y conferencias que dicta en universidades neoyorquinas. Y algo, sin duda, de importancia suma: con ocasión de celebrarse el séptimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos Básicos, es invitada oficialmente a las Naciones Unidas (10 de diciembre, 1955), en Nueva York. La recibe el secretario general, Dag Hammarskjöld. En su mensaje a los países miembros, Gabriela Mistral los insta a respetar y preservar los derechos humanos: “Yo sería feliz si vuestro noble esfuerzo por obtener los derechos humanos fuera adoptado con toda lealtad por todas las naciones del mundo”.

Será uno de los últimos actos públicos de la cónsul chilena y Premio Nobel de Literatura. Un año y un mes después (10 de enero de 1957), fallece víctima de un cáncer al páncreas en el Hempstead General Hospital de Nueva York. La mañana de ese día, la misma Asamblea General de las Naciones Unidas rendiría sentido homenaje “a la mujer cuyas virtudes la señalaron como una de las más valiosas personalidades de nuestro tiempo”.