Gabriela Mistral y su vida


“Ya ni recuerdo cómo era cuando viví con los otros. Quemé toda mi memoria”.


Gabriela Mistral (1889-1957) recibió el Premio Nobel de Literatura “por una poesía lírica inspirada en poderosas emociones y por haber hecho de su nombre un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano”, según fundamentó la Academia Sueca al otorgarle el universal galardón en 1945.

Gabriela Mistral (Lucila Godoy Alcayaga, su nombre legal), uno de los más altos valores de la poesía chilena e iberoamericana, nació el 7 de abril de 1889, en Vicuña, pequeña ciudad precordillerana del valle de Elqui, región de Coquimbo. Su padre, Jerónimo Godoy Villanueva, descendiente de diaguitas y de origen minero, fue maestro de escuela y artista con ambiciones literarias. Su madre, Petronila Alcayaga Rojas, descendiente de antepasados vascos, fue bordadora y modista. El mismo día de su nacimiento, y con el nombre de Lucila de María, fue bautizada en la iglesia parroquial de Vicuña.

A la edad de tres años quedó huérfana de padre, ya que Jerónimo Godoy abandonó definitivamente hogar y familia (“el padre anda en la locura heroica de la vida y no sabemos lo que es su día”). Vivió su infancia en la aldea de Montegrande cuidada por su madre y su hermanastra, Emelina Molina Alcayaga (hija de una relación anterior de su madre). Esta hermana, maestra rural, le enseñó las primeras letras y la educó con devoción. La imagen humana y lírica de su poema La maestra rural tuvo aquí su fuente originaria. A la edad de seis años aprendió a leer. Un manual de Historia Sagrada fue uno de los primeros textos que cayó en sus manos: “Todo un chorro de criaturas judías inundó mi infancia”.

La naturaleza y el paisaje del valle de Elqui, con sus “cien montañas o más”, su río y sus huertos de árboles frutales, constituyen su patria real y verdadera. Esta intensa y bella geografía marcó resueltamente toda su futura poesía. A los 12 años salió de este laberinto de cerros elquinos y se trasladó con su madre a la ciudad de La Serena. Conoció por primera vez el mar en la costa coquimbana. Había terminado, a medias, sus estudios elementales. 

Empezó a hacerse una entusiasta y constante autodidacta. Buscó libros, aunque leyendo sin método ni idea alguna de jerarquía. Aprendió también de las gentes, de las cosas, de la naturaleza. Escuchó tardes enteras a las mujeres contadoras coquimbanas o serenenses decir sus cuentos y fábulas. De su abuela paterna (Isabel Villanueva) le vendría también un sentimiento religioso o espiritual del mundo a través de la diaria lectura de los Salmos de David.

A los 14 años inicia su labor como maestra rural en una escuela de Compañía Baja, sector aledaño a la ciudad de La Serena. Enseña a niños y niñas y a muchachones que la sobrepasan en edad. Era la época de sus lecturas fermentales: leyó con admiración las obras del escritor colombiano José María Vargas Vila, las teorías astronómicas del francés Camilo Flammarion, los ensayos filosóficos de Montaigne, libros todos que le prestaba, en hora buena, un prestigioso periodista y profesor serenense llamado Bernardo Ossandón. Años después, Gabriela Mistral recordará: “El buen señor me abrió su tesoro de biblioteca fiándome libros de buenas pastas y de papel fino”.

Mientras permanece en sus labores de maestra en La Compañía, escribe para periódicos regionales El Coquimbo (de La Serena), La Voz de Elqui (de Vicuña) sus primeros artículos o textos en prosa, no exentos de cierto vago romanticismo e ideas consideradas ateas o pensamientos reflexivos no usuales para el medio social de la época. Por estas circunstancias –que le traerían no pocos pesares– no pudo ingresar a la Escuela Normal de La Serena, permaneciendo en la enseñanza rural y que ahora ejercería en las localidades rurales de La Cantera y, luego, Cerrillos, ambos en las cercanías de Coquimbo.

Por este tiempo, noviembre de 1909, se suicida en Coquimbo un íntimo amigo suyo, el joven empleado ferroviario Romelio Ureta Carvajal. El trágico suceso, además de su aureola de mito y de leyenda, le motivará la escritura de una serie de dolorosos poemas, entre otros, Los sonetos de la muerte. Sin embargo, estos últimos textos la llevarán a la gloria literaria. Firmados con el seudónimo de Gabriela Mistral obtienen el premio de los Juegos Florales de Santiago (1914).

Años antes había aprobado su examen de competencia (de preceptora interina a propiedad del cargo) en la Escuela Normal de Niñas (Santiago), lo que le permitió cumplir funciones educacionales en una escuela de Barrancas, aledaña a Santiago, y después en Traiguén (1910), pequeña ciudad agrícola en el sur de Chile. Al año siguiente irá al Liceo de Niñas de Antofagasta (1911), en plena zona de desierto y pampa salitrera en el norte del país. No pasarán más de algunos meses y se traslada al Liceo de Niñas de la ciudad de Los Andes, “en el donoso valle de Aconcagua”.

Durante su larga permanencia en Los Andes (1912-1918) colaboró en diversas publicaciones literarias y pedagógicas del país (Pacífico Magazine, Primerose, Familia, Revista de Educación Nacional, Figulinas) y leyó intensamente las obras de Tagore, Maeterlinck, Amado Nervo, Romain Rolland, todas figuras admiradas y queridas que parecieron insinuarle “el lado maravilloso de la vida”.

El modernista poeta nicaragüense Rubén Darío, que dirigía entonces en París la revista Elegancias, publicó el poema El ángel guardián, primer poema de Gabriela Mistral que se edita en una revista extranjera (1913).

Un decreto firmado por el ministro de Instrucción Pública, Pedro Aguirre Cerda, la nombra directora del Liceo de Niñas de Punta Arenas (1918). A bordo de un vapor mercante viaja a la región más austral del mundo “a cumplir funciones de educadora y de chilenidad”, según expresaba el decreto respectivo. La región de Magallanes y los paisajes de la Patagonia serán, además, temas vivenciales y literarios en la escritura de poemas que, más tarde, darán origen a su libro Desolación (1922).

En abril de 1920 cumple funciones en la ciudad de Temuco, en pleno territorio de la Araucanía (“esa zona maravillosa de far west sin prejuicio”), con viva presencia de población mapuche. Conoce a Neftalí Reyes (Pablo Neruda), alumno en el liceo local y corresponsal de Claridad, la revista de la Federación de Estudiantes de Chile. Gabriela Mistral lee los primeros poemas del adolescente poeta y le da a conocer la obra de los novelistas rusos (Andreieff, Tolstoi, Gorki, Dostoievski). Recorre campos y reducciones indígenas en un acercamiento directo “con la brava gente araucana”.

En mayo de 1921 se le nombra directora del Liceo N° 6 de Niñas, recién fundado en Santiago, aunque la ciudad capital bien poco le gustaba, a no ser por su Biblioteca Nacional, que le daba “la facilidad de leer libros que necesito”. En el desempeño de este cargo escribió sus Pensamientos pedagógicos, una veintena de máximas educativas y didácticas dirigidas fundamentalmente a la enseñanza y a las maestras (“Enseñar siempre, en el patio y en la calle, como en la sala de clases”).

Por iniciativa del gobierno de México, a través de su secretario de Educación Pública, el filósofo, educador y político José Vasconcelos, es oficialmente invitada (1922) a participar en los programas y planes de enseñanza de las misiones rurales e indígenas, y a permanecer en tierra mexicana “por todo el tiempo que sea necesario, para que usted sature este ambiente con los dones de su noble espíritu”. Con este viaje a México (junio de 1922) termina su tarea de educadora en Chile, dejando la dirección de su liceo santiaguino, pero teniendo siempre presente a “mis queridas alumnas y a mi apreciada gente chilena”.

Después de haber servido educacionalmente por un tiempo (1922-1924) a un gobierno extranjero, la maestra chilena se despide México. Visita entonces los Estados Unidos y, luego, Europa (Italia, Suiza, Francia, España). En la Perugia italiana se entrevista con Giovanni Papini (“un hombre moderno que tiene vida profunda”).

En París (Francia) asume funciones en el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, un organismo de la Sociedad de las Naciones, como delegada del gobierno de Chile (1926).

En julio de 1929, en la ciudad de La Serena, muere doña Petronila Alcayaga, su madre (“ella era una especie de subsuelo mío, de donde me venía fuerza y no sé qué nobleza, esa nobleza de tener madre”).

Desde junio de 1933 asume funciones consulares en distintos lugares del mundo. En Madrid, Gabriela Mistral es recibida como “una embajadora espiritual de la América española”, según anuncia la prensa de España. Iniciaba así una larga tarea, de consulado en consulado, al servicio de Chile en el exterior: Madrid, Lisboa, Petrópolis, California, Veracruz, Nápoles, Nueva York, en fin, no tuvo sosiego en su afanosa labor en bien de la cultura consular del país. Y en sus grandes y tristes momentos de su vida.

Volando en pequeños aeroplanos viaja por las Antillas, el Caribe y los países centroamericanos, dictando conferencias sobre hispanismo, autodidactismo e historia indoamericana, además de recitales de su poesía. Visita Puerto Rico, República Dominicana, Cuba, Costa Rica, El Salvador, Guatemala. La Universidad de San Carlos de Guatemala le confiere (1931) el Doctorado Honoris Causa, la primera distinción académica que recibe en solemne ceremonia.

En el verano de 1938 viaja a Uruguay y Argentina. En Montevideo participa en los Cursos Sudamericanos de Vacaciones. Habla, junto a la argentina Alfonsina Storni y la uruguaya Juana de Ibarbourou (las poetisas de América), de su manera de escribir: “Escribo sin prisa, generalmente, y otras veces con una rapidez vertical de rodado de piedras en la cordillera”. Luego, invitada por la escritora argentina Victoria Ocampo, permanece una temporada en Mar del Plata (1938). La Editorial Sur de Buenos Aires publica Tala, uno de sus libros poemáticos fundamentales. La autora lo publica “por no tener otra cosa que dar a los niños españoles huérfanos de la guerra civil”. Su actividad literario-periodística la mantiene comunicada con el mundo. Temas brasileños, chilenos, mexicanos y europeos van y vienen por sus artículos y colaboraciones en la prensa del continente.

Como la mujer más aclamada del continente regresa Chile (mayo de 1938), su patria, después de trece años de ausencia. Visita el valle de Elqui (Vicuña y Montegrande). Emocionada recuerda: “En mi Vicuña iba yo por las noches con una velita de sebo atravesando mis calles de la infancia”.

En Brasil, cónsul en Petrópolis, recibe uno de los golpes más trágicos y dolorosos de su vida: se suicida (agosto de 1943) su sobrino Juan Miguel Godoy Mendoza, a quien llamaba cariñosamente Yin Yin. “Nunca la poesía fue para mí algo tan fuerte como para que me reemplace a este niño precioso con su conversación de niño, de mozo y de viejo”.

Pero también ahí, en Petrópolis (noviembre de 1945), recibe la más feliz y laureada noticia: el Premio Nobel de Literatura otorgado por la Academia Sueca, homenajeando su “poesía lírica inspirada en poderosas emociones”. La poeta y maestra chilena tiene 56 años, y bien representa al primer Premio Nobel para un escritor de América Latina y, a su vez, la única mujer escritora de este continente distinguida hasta hoy con tan universal galardón. “Por una venturanza que me sobrepasa, soy en este momento la voz directa de los poetas de mi raza y la indirecta de las muy nobles lengua española y portuguesa”, dijo Gabriela Mistral al recibir, del Rey Gustavo V, de Suecia, la distinción Nobel.

Años después (1951), residiendo en Rapallo, Italia, recibió la noticia de que en Chile se le había otorgado el Premio Nacional de Literatura “por la trayectoria y prestigio de una obra”. El importe monetario del premio lo donó a la creación de un fondo de ayuda a los niños desvalidos de Montegrande.

Hacia los años 1953, después de cumplir funciones consulares en Italia (Rapallo y Nápoles), fija su residencia definitiva en los Estados Unidos. Invitada por el Presidente Carlos Ibáñez del Campo viaja a Chile en septiembre de 1954, tras una ausencia de 16 años. Recibe una bienvenida apoteósica y multitudinaria. “Soy una ausente pero no una ausentista, y Chile, mi país, siempre ha estado en mi corazón”, dijo desde los balcones del Palacio de La Moneda saludando al pueblo de Santiago y “a mi amada gente chilena”. La Universidad de Chile, en su Salón de Honor, la distingue con el Doctorado Honoris Causa, título académico que otorgaba por primera vez. La poeta agradece definiéndose como “una simple y antigua maestra rural”.

A los pocos meses de regresar a su residencia norteamericana (Roslyn Harbor, Long Island, Nueva York) se le descubrió un cáncer al páncreas. Entre hospitalizaciones y exámenes médicos envía a través de las Naciones Unidas, un mensaje de apoyo a la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1955): “Yo sería feliz si vuestro esfuerzo por obtener los derechos humanos fuera adoptado con toda lealtad por todas las naciones del mundo”.

En los meses siguientes su estado de salud parecía ser cada vez más precario. La madrugada del 10 de enero de 1957, después de varios días de agonía, fallece en el Hempstead General Hospital (Long Island, Nueva York). A las pocas horas, la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) rinde homenaje “a la mujer cuyas virtudes la señalaron como una de las más valiosas personalidades de nuestro tiempo”.

Sus restos descansan hoy en su amado pueblo de Montegrande, cumpliéndose así con su última expresa voluntad testamentaria.