Liceo Gabriela Mistral (historia completa)


Benavente 560, La Serena. Categoría monumento histórico, por Decreto Exento nº 1096 del 22-12-2004.

Con el advenimiento de 1907 se inicia, también, un año de nuevas actividades y experiencias docentes para Gabriela Mistral, después de haber renunciado, “por no convenir a mis intereses”, como ayudante preceptora en la Escuela de La Compañía. Ahora, y gracias al entusiasta y eficiente apoyo de algunas influyentes personalidades del medio social y educativo de La Serena –don Bernardo Ossandón entre ellas–, Gabriela Mistral es nombrada inspectora y secretaria del Liceo de Niñas de La Serena. Dicho establecimiento educacional, fundado en 1883, se ubicaba frente a la Plaza de Armas de la ciudad, en el lugar que hoy ocupa el edificio de la Intendencia Regional.

La designación de la joven maestra, proveniente de una escuela rural, no pareció ser muy del agrado de la directora del Liceo de Niñas, doña Ana Krusche, que, según pasaban los días, nunca logró tener una buena relación, ni docente ni personal, durante el corto tiempo de desarrollar su tarea en el establecimiento. Mala relación que se iba a transformar cada vez más en una situación no del todo grata para la convivencia del liceo. Gabriela Mistral no ejerció aquí una labor de maestra impartiendo cursos y lecciones, sino más bien trabajos administrativos y funciones propias de su cargo.

Sin duda que las ideas nada de románticas, sino más bien libertarias de una Gabriela Mistral, reveladas públicamente en sus continuos artículos periodísticos, además de sus pensamientos pedagógicos de “enseñar amando”, no estaban en el ser y hacer pedagógico y racional de la alemana directora. En los periódicos locales y regionales, y con la firma de Alma o de Lucila Godoy, se publicaban artículos en los cuales Gabriela Mistral volcaba sus “cartas íntimas”, sus “recuerdos” y su “filosofía” en un sentir y un pensar temas, razones y vivires (“solía yo descubrir, con excesiva sinceridad, mis ideas no antirreligiosas, sino religiosas en otro sentido que el corriente”).

Cada vez leía más al pedagogo colombiano Vargas Vila (“sigue siendo mi maestro y al que profeso una admiración fanática, un culto ciego, inmenso como todas mis pasiones”). O entraba en sus primeras aproximaciones a la obra del nicaragüense Rubén Darío, a quien lee y admira por el sentido del ritmo y la eufonía verbal de su modernista y motivadora poesía. O leyendo y haciendo leer algunas obras científicas que le facilitaba la biblioteca del bondadoso don Bernardo Ossandón.

En una carta de febrero de 1920 a su amigo, el político radical Pedro Aguirre Cerda, ministro de Instrucción Pública de la época, Gabriela Mistral le narra: “Un amigo viendo que era imposible que pudiera estudiar con provecho sin profesor (rendir mis exámenes hasta finalizar mis estudios), pidió a doña Ana Krusche, directora del Liceo, me diera una inspección con la condición de permitirme la asistencia a algunas clases, Fui nombrada inspectora y secretaria. El profesor de la Normal, presbítero M. Munizaga[1], hacía también clases allí y tenía mucho ascendiente sobre la directora. Me hizo ella una observación dura respecto a mi ‘ateísmo’, y a esta siguió otra sobre mis tendencias socialistas. Me acusaba de lo último por haber procurado yo la incorporación de niñas de la clase humilde, cuyo talento conocía y para las que el liceo estaba cerrado. Con estos cargos, buscó ella un discreto modo de eliminarme: no me dio trabajo. Por delicadeza, renuncié”.

Este incidente de la matrícula (“yo no recibí sino muy pocas niñas pobrecitas porque eran poquísimas las que se atrevían a llegar a un liceo hecho y mantenido para la clase pudiente”) sería uno más que, en definitiva, llevaría a la joven inspectora a dejar el establecimiento. Cuenta la misma Gabriela Mistral: “En la semana anterior a mi renuncia la directora ordenó a su personal que no me dirigiese la palabra. Nos reuníamos sólo a la hora de almuerzo y a excepción hecha de doña Fidelia Valdés mis colegas cumplieron celosamente la orden, tanto, que no me respondían cuando yo les hablaba entre plato y plato”.

La mención aquí de doña Fidelia Valdés, profesora de Matemáticas, en quien encontró apoyo y comprensión, no deja de tener su singularísima referencia en una muy mutua relación de pedagógica amistad, pues ambas seguirán encontrándose en un futuro próximo: Liceo de Niñas de Traiguén (1910), Liceo de Niñas de Antofagasta (1911), Liceo de Niñas de Los Andes (1912-1918).

En su primer libro, Desolación (1922), Gabriela Mistral dedicará íntegramente la sección La Escuela, que incluye los poemas La maestra rural, La encina, El corro luminoso, “a la maestra señorita Fidelia Valdés Pereira, gratitud”.

 

EN LA ACTUALIDAD:

Con el tiempo, el liceo se trasladó a un imponente edificio construido a partir de 1945 y terminado a inicios de la década siguiente, de líneas neoclásicas, estructura en hormigón armado y cubierto con tejas de arcilla. Ubicado sobre una terraza natural del relieve serenense, su ingreso principal –de macizas columnas, amplias arcadas y grandes puertas de madera– es visible a lo largo de toda la calle Cordovez, el principal eje comercial del centro de la ciudad.

En 1967 el establecimiento pasó a llamarse “Liceo de Niñas Gabriela Mistral”. En la actualidad es de carácter mixto y se denomina simplemente “Liceo Gabriela Mistral de La Serena”, bajo la administración de la Corporación Municipal Gabriel González Videla.

[1] Se refiere al sacerdote Manuel Ignacio Munizaga Ortiz.